La creación de Moisés

D. L. Moody una vez describió la vida de Moisés en tres etapas: "Moisés pasó sus primeros cuarenta años pensando que era alguien. Pasó los siguientes cuarenta años aprendiendo que no era nadie, Y luego pasó los siguientes cuarenta años descubriendo lo que Dios puede hacer con un don nadie".[1] Pocas frases han resumido una vida o un camino espiritual con mayor precisión. La mayoría de nosotros podemos ubicarnos en algún punto de este recorrido. Cada generación encuentra en Moisés algo que aprecia: una persona llamada a algo más grande que ella misma; un líder que no se siente capaz de asumir la tarea; la persona que falla y es perdonada; aquel que sostiene a otros cuando ellos no pueden sostenerse a sí mismos. Razón por la cual, aunque estamos separados por tres milenios de Moisés, se siente menos como una figura de la historia antigua y más como alguien a quien reconocemos.

La historia de Moisés, al igual que las historias de todos los grandes líderes, gira en torno a personas, lugares y eventos.[2] Las personas con las que Moisés se encuentra (es decir, Aarón, faraón, Josué, Coré), los lugares que visita (el palacio egipcio, Sinaí, Mará, el mar Rojo) y los acontecimientos que experimenta (la zarza ardiente, las plagas, la entrega de la Ley) lo transforman de manera significativa. Su historia no puede ser contada sin ellos, ni la de ellos sin él.

 

Moisés en la Historia Bíblica y Mundial

Tanto la tradición judía como la cristiana han reconocido durante mucho tiempo a Moisés como el autor de los primeros cinco libros de la Biblia: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Se conocen colectivamente como la Torá, el Pentateuco o simplemente los Libros de Moisés. Moisés no solo da forma a la historia contenida en esos libros, sino que la vive.

Génesis sienta las bases: la creación, la caída, el diluvio, el llamado de Abraham y la larga historia de los patriarcas, todo ello culminando en el momento en que Israel se encuentra en Egipto, esperando la redención. Éxodo narra la redención a través de las plagas, la Pascua, la separación del mar y la llegada al Sinaí, donde Dios se revela y establece su alianza. Levítico, a menudo leído como el más difícil de los cinco libros, es fundamentalmente una visión de santidad: cómo un pueblo redimido por Dios debe vivir en su presencia. Números narra la travesía por el desierto con dolorosa honestidad, sin omitir los detalles de los fracasos del pueblo ni de la fidelidad de Dios. Deuteronomio es la despedida de Moisés, un largo sermón dirigido a la generación que está a punto de entrar en la tierra que él nunca verá, en el que recuerda lo que Dios ha hecho y la exhorta a mantenerse fiel al pacto.

La Biblia nos da algunas pistas que ayudan a ubicar a Moisés dentro del contexto histórico. En 1 Reyes 6:1, se dice que el éxodo ocurrió 480 años antes de que Salomón comenzara a construir el templo en Jerusalén, un evento que generalmente se fecha alrededor del año 960 a. C. Si esa cifra se toma literalmente, ubicaría el éxodo aproximadamente en el año 1440 a. C.

Eso significa que Moisés vivió y lideró durante la Edad de Bronce tardía, una época dominada por imperios poderosos, sistemas religiosos complejos y cortes reales altamente estructuradas. En este período, Egipto era posiblemente la civilización más poderosa de la tierra. Sus faraones eran venerados como dioses vivientes, la arquitectura monumental bordeaba el Nilo y la mano de obra esclava sostenía los proyectos de construcción y la economía agrícola del imperio.

En el centro de todo estaba el río Nilo. Era la fuente de vida de Egipto, en términos físicos, económicos y espirituales. El Nilo inundaba la tierra y la hacia fértil, sirvió como la principal ruta de transporte del imperio y produjo la abundancia agrícola que sostenía su poder. El Nilo desempeñaría un papel crucial en la historia de Moisés.

Los hebreos no llegaron a Egipto como enemigos o intrusos. llegaron como refugiados. José, hijo de Jacob y bisnieto de Abraham, había sido vendido como esclavo por sus celosos hermanos y, en circunstancias extraordinarias, se convirtió en el segundo en mando de todo Egipto. Cuando el hambre azota al antiguo Cercano Oriente, la sabia preparación de José salva tanto a Egipto como a su propia familia. Jacob y sus setenta descendientes se mudaron a Egipto, estableciéndose en la región de Gosén, donde prosperaron bajo el favor del faraón.

Al principio, Egipto fue un lugar de bendición para los hebreos. Al final, se convierte en un lugar de opresión. Las generaciones pasaron, y los setenta que llegaron a Egipto se multiplicaron hasta convertirse en un pueblo de cientos de miles. Entonces, al inicio de Éxodo 1, un nuevo faraón llega al poder, uno para quien José no significa nada. El lugar de seguridad se convierte en el lugar de esclavitud. En este mundo nace un niño hebreo esclavo.

 

Los primeros cuarenta años de Moisés

La historia de Moisés comienza, como muchas otras historias conmovedoras, con una crisis. Los israelitas se habían multiplicado tan rápidamente en Egipto que faraón empieza a temer. Su solución es brutal: arrojar a cada niño hebreo recién nacido al Nilo. En este contexto de genocidio, Moisés llegá al mundo.

Su madre, Jocabed, lo escondió durante tres meses. Cuando ya no pudo ocultarlo, hizo algo que podía interpretarse como un acto de fe desesperada o como la última esperanza de una madre. Lo colocó en una cesta de papiro y lo dejó entre los juncos al borde del Nilo, el mismo río que debía ser su tumba. Su hermana, Miriam, observaba desde lejos. Lo que ocurrió a continuación es una de las escenas más milagrosas en todas las Escrituras. La propia hija del faraón llega a bañarse, encuentra al niño, se compadece de él y lo adopta como su hijo. Miriam se ofrece a encontrar una nodriza hebrea, y Moisés regresa, por un tiempo, a los brazos de su propia madre.

Moisés se cria en el palacio egipcio, es tratado como un nieto del faraón. La Biblia no dice casi nada sobre estas cuatro décadas. Un versículo describe a Moisés como un bebé, y en el siguiente es un hombre completamente adulto. El discurso de Esteban en Hechos proporciona una breve imagen: Moisés fue "educado en toda la sabiduría de los egipcios, y era poderoso en palabra y en obra" (Hechos 7:22). Podemos imaginar lo que esto significaba. La educación en la corte egipcia de aquella época abarcaba matemáticas, escritura, retórica, teología, estrategia militar y la gestión de vastos sistemas administrativos. El niño que fue sacado del Nilo habría recibido una de las mejores educaciones del mundo antiguo.

En Éxodo 2, Moisés sale a observar la labor de su pueblo y ve a un egipcio golpeando a un hebreo. Algo se despierta en él. Mira a su alrededor, no ve a nadie observando, mató al egipcio, y escondió el cuerpo en la arena. Este es el primer indicio de que la ira puede ser un problema para Moisés. Su pasión por la justicia es real; su método es desastroso. Su primer acto de identificación con su pueblo termina en un fracaso. Es una lección dolorosa que llevará consigo al desierto. No es suficiente hacer lo correcto: los líderes deben hacer lo correcto de la manera correcta.

Al día siguiente, cuando intenta resolver una pelea entre dos hebreos, uno de ellos se vuelve contra él: "¿Quién te nombró gobernante y juez sobre nosotros? ¿Acaso quieres matarme a mí como mataste al egipcio? (Éxodo 2:14). El secreto ha sido descubierto. El faraón se entera, y ahora la vida de Moisés está en peligro. A la edad de cuarenta años, el príncipe de Egipto se convierte en un fugitivo.

 

Los segundos cuarenta años de Moisés

Moisés huye a Madián. Aquí, junto a un pozo, conoce a las hijas de un sacerdote llamado Jetro, las defiende de los pastores que están tratando de ahuyentarlas y ayuda a dar de beber a su rebaño. Es un acto pequeño, pero es propio de Moisés. Alguien está siendo maltratado y él no puede ignorarlo. Jetro le da la bienvenida, y con el tiempo Moisés se casa con su hija Séfora. El príncipe se convierte en un pastor que atiende el rebaño de otra persona. Moisés ha cambiado el centro de la cultura mundial por uno de los lugares olvidados del mundo.

A diferencia de los beneficios del palacio, el pastoreo era arduo, sucio y solitario. Durante el día, la búsqueda constante de agua y pastos, y durante la noche, la vigilancia constante ante los depredadores y otros peligros. El desierto le enseñaría a Moisés cosas que el palacio no podía enseñar: paciencia, atención, dependencia y los ritmos de la tierra, los animales y el clima. El hombre que guiaría a una nación a través de cuarenta años de peregrinación por el desierto sería moldeado primero por cuarenta años en el desierto. El hombre que era "poderoso en palabra y obra" ahora está sumido en el trabajo mundano de cuidar de animales obstinados. Pero como ha observado un escritor, ese era precisamente el tipo de preparación que necesitaba para liderar a una nación de personas obstinadas.[3] Cuando Moisés finalmente se presentó ante la zarza ardiente, no era el joven impulsivo que enterró a un egipcio en la arena.  Se había convertido en alguien más fuerte y humilde y, quizá, finalmente estaba preparado para lo que estaba por venir. Es posible que el mundo no haya sabido dónde estaba Moisés, pero Dios sí lo sabía. Y Dios lo había estado preparando para lo que vendría después.

 

Los terceros cuarenta años de Moisés

El llamado que Moisés experimenta en la zarza ardiente lo envía de regreso a Egipto con una misión que parece imposible: asegurar la liberación de un pueblo esclavizado por el gobernante más poderoso del mundo. Pero la liberación de Egipto es solo el comienzo del liderazgo de Moisés. En muchos sentidos, es la parte más fácil.

Liderar a varios cientos de miles de personas a través del desierto, mantener unida a una comunidad que se encuentra constantemente fracturada bajo la presión de la sed, el hambre, el miedo, las expectativas insatisfechas, las quejas crónicas y la decepción, resulta mucho más exigente que cualquier confrontación con el faraón. Las personas se quejan. Construyen un becerro de oro. Intentan amotinarse. Se niegan a entrar en la tierra prometida cuando llegan por primera vez a su frontera, y su falta de fe los condena a décadas de peregrinación. Moisés soporta sus quejas, intercede por ellos ante Dios, media en sus disputas y carga con una responsabilidad que amenaza con quebrarlo.

Hay un momento impactante, después del desastre del becerro de oro, en el que Moisés no solo le pide a Dios que perdone a las personas, sino que se ofrece a sí mismo en su lugar. "Pero ahora, yo te ruego que perdones su pecado, pero si no, vas a perdonarlos, ¡bórrame del libro que has escrito!" (Éxodo 32:32). Es una intercesión audaz, un amor por su pueblo que lo lleva a estar dispuesto a ser destruido a causa de ellos. Las oraciones de intercesión de Moisés se encuentran entre las más notables en todas las Escrituras. Para Moisés, un gran liderazgo y una gran oración son inseparables.

 

Reflexiones finales

Moisés es un hombre formado por el sufrimiento y el desarraigo que nunca llega a pertenecer del todo: ni al palacio donde creció, ni entre los hebreos que son su pueblo, ni a Madián, donde formó a su familia. Al final, es un hombre entre dos mundos: entre Egipto y Canaán, entre la esclavitud y la libertad, entre lo divino y lo humano, entre esta generación y la siguiente. Parece estar más cómodo en el monte Sinaí, donde solo está él y Dios, o en la Tienda de reunión, a menudo solo con Dios y, a veces, acompañado por Josué.

El relato bíblico insiste en su humanidad en cada momento: su tartamudeo, su ira, su dolor, sus dudas, incluso cuando reconoce su extraordinaria cercanía a Dios. Éxodo 33:11 dice que "el Señor hablaba con Moisés cara a cara, como quien habla con un amigo". Deuteronomio 34:10 señala: "Desde entonces no volvió a surgir en Israel otro profeta como Moisés, con quien el Señor hablara cara a cara". Moisés es un hombre que pasa mucho tiempo con Dios, sin embargo, ese mismo hombre pierde la paciencia, duda de sí mismo, clama en medio del agotamiento y, al final, comete un error que le impide llegar a la tierra a la que pasó su vida tratando de llegar.

Los artículos de esta edición nos llevarán más allá: a la zarza ardiente y lo que ese encuentro revela sobre el carácter de Dios; a las plagas y el éxodo; al corazón de la ley mosaica y lo que nos dice sobre la comunidad que Dios estaba construyendo, y, finalmente, a la montaña donde Moisés se encuentra en el borde de la tierra prometida y la ve desde la distancia. Pero antes de todo eso, vale la pena detenerse aquí, al principio, para pensar en el final.

El final de Moisés en Éxodo es triste y conmovedor. El gran libertador no logra entrar en la tierra prometida. La figura solitaria asciende al monte Nebo, sin llegar a la meta, para no ser vista nunca más.

Bueno, no del todo. Moisés, con el tiempo, llega a la tierra prometida y, lo que es más importante, se encuentra con el Mesías. Cuando lo hace, se encuentra, como es habitual, en la cima de una montaña. Y, de forma inusual, no está solo. [4]

Eddie Estep es el superintendente de distrito del Distrito South Central de Ohio.


[1] Citado en Charles Swindoll, Moses: A Man of Selfless Dedication (Moisés: Un hombre de dedicación total) (Nashville: Thomas Nelson, 1999), 20.

[2] Ver Eddie Estep, ¿Qué hay en tu mano? Leadership Lessons from the life of Moisés (Lecciones de liderazgo de la vida de Moisés) (Kansas City: The Foundry Publishing, 2020).

[3] Warren W. Wiersbe, Be Delivered: Finding Freedom by Following God (Ser liberado: encontrar la libertad siguiendo a Dios) (Colorado Springs: Chariot Victor Publishing, 1998), 16.

[4] Ver Mateo 17:1-8; Marcos 9:2-7; Lucas 9:28-36.

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